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CAPITULO 5 y 6:LO QUE LA TORMENTA TRAJO CONSIGO ; LAS AVENTURAS DE EUSTAQUIO

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CApítulo 5: LO QUE LA TORMENTA TRAJO CONSIGO

Cerca de tres días después de su arribo, el Explorador del Amanecer fue remolcado fuera del puerto de Cielo Angos­to. La despedida fue muy solemne, y una gran multitud se reunió para verlos partir. Hubo aplausos y también lágrimas cuando Caspian pronunció su último discurso a los habitan­tes de las Islas Desiertas y se despidió del Duque y su familia. Pero cuando el barco se alejaba de la orilla, con su vela púrpura aún crujiendo perezosamente, y el sonido de la trompeta de Caspian en la popa se hizo más débil a través del agua, todo el mundo quedó silencioso. Pronto apareció el viento. La vela se hinchó, el remolcador soltó el barco y regresó remando. La primera ola grande creció rápido bajo la proa del Explorador del Amanecer, y el barco volvió a tener vida. Los hombres que no estaban en servicio bajaron, Drinian tomó la primera guardia en la popa y la nave puso proa en dirección este, girando al sur de Avra.

Los días que siguieron fueron deliciosos. Lucía pensa­ba que era la niña más afortunada del mundo, pues al despertar cada mañana veía los reflejos del agua iluminada por el sol bailando en el techo de su camarote, y a su alrededor veía todas esas preciosas cosas nuevas que traía de las Islas Desiertas (botas marineras, botines, capas, chaqueti­llas y bufandas). Y luego iría a cubierta, a mirar un mar de un azul más brillante cada mañana y beber un aire día a día más cálido. Después venía el desayuno y un hambre que sólo se siente en el mar.

Lucía pasaba largas horas sentada en el banquito de popa jugando ajedrez con Rípichip. Era divertido verlo levantar, con sus dos patas, esas piezas demasiado grandes para él, y pararse en la punta de los pies si tenía que hacer una movida en el centro del tablero. Era un buen jugador y, cuando se acordaba de lo que estaba haciendo, generalmente ganaba. Pero de vez en cuando Lucía era la vencedora, porque a veces el Ratón hacía cosas tan ridículas como poner en peligro un caballo entre una torre y una reina juntas. Esto ocurría cuando él momentáneamente se olvida­ba de que se trataba de un juego de ajedrez y estaba pensando en una batalla real y hacía que el caballo se moviera como él lo hubiera hecho en su lugar. Rípichip tenía su mente llena de aventuras imposibles, leyendas de gloria o de muerte y actitudes heroicas.

Pero momentos tan agradables no podían durar eterna­mente. Una tarde en que Lucía miraba distraídamente hacia popa la estela que el barco dejaba tras de sí, vio de pronto una gran masa de nubes que se formaba al oeste con asombrosa rapidez. De pronto se hizo un hueco entre las nubes por donde se desparramó una dorada puesta de sol. Detrás del barco las olas parecieron tomar extrañas formas, y el mar, un color pardo o amarillento, como el de las velas sucias. El aire se puso frío. El barco parecía moverse inquieto, como si presintiera el peligro a sus espaldas. La vela podía estar plana y lacia, y al momento siguiente desplegarse con violencia. Mientras Lucía observaba estas cosas, extrañada por un siniestro cambio que se percibía en el ruido del viento, Drinian gritó:

-¡Todos a cubierta!

Y en un minuto todo el mundo trabajaba frenética­mente. Aseguraron las escotillas, apagaron el fuego de la cocina y algunos hombres subieron a recoger la vela. Antes de que pudieran terminar, los azotó la tormenta. Lucía pensó que un gran valle se abría en el mar, justo frente a proa y que se metían en él mucho más a fondo de lo que podría haberse imaginado. Una inmensa montaña de agua gris, mucho más alta que el mástil, se precipitaba contra ellos; la muerte parecía segura, pero la corriente los levantó hasta la cresta de la gran ola. Luego pareció que el barco daba vueltas en redondo y una catarata de agua inundó la cubierta; la popa y el castillo de proa parecían dos islas separadas por un furioso mar. Arriba, los marineros estaban tendidos en la verga, tratando desesperadamente de sujetar la vela. Un cabo roto colgaba al viento hacia un lado, muy derecho y tieso como un palo.

-¡Vaya abajo, Señora! -gritó Drinian.

Lucía, sabiendo que los marineros -y marineras- de agua dulce son un estorbo para la tripulación, trató de obedecer de inmediato. Pero no le fue fácil. El Explorador del Amanecer estaba terriblemente escorado a babor, y la cubierta se inclinaba como el techo de una casa. La niña tuvo que gatear de un lado a otro hasta llegar a lo alto de la escalera, afirmándose a la barandilla; se quedó muy quieta mientras dos hombres subían y luego bajó como pudo. Fue una suerte que estuviera bien sujeta, pues al pie de la escalera otra ola atravesó la cubierta bramando y llegó hasta sus hombros. Lucía ya estaba calada hasta los huesos con la espuma y la lluvia, pero esto fue más frío. Después se abalanzó a la puerta de su camarote, entró y dejó afuera la espantosa visión de la rapidez con que se internaban en la oscuridad, pero no pudo acallar la terrible confusión de chirridos, gemidos, chasquidos, estruendos, rugidos y brami­dos que sonaban mucho más impresionantes allí abajo que en cubierta.

Y el día siguiente y el subsiguiente fue lo mismo, y así siguió hasta que apenas se podían acordar de cuándo había empezado. Y todo el tiempo tenía que haber tres hombres al timón, ya que menos no habrían podido mantener el rumbo. Y siempre debía haber gente en la bomba. Nadie podía descansar, nada se podía cocinar y nada se podía secar. Un hombre se perdió en el mar. Y no veían nunca el sol.

Una vez que pasó la tormenta, Eustaquio hizo la siguiente anotación en su diario:

"3 de septiembre

"Es el primer día en años que puedo escribir. Nos agarró un huracán que duró trece días y trece noches. Lo sé porque he llevado una cuenta muy minuciosa, aunque los demás dicen que son doce. ¡Qué agradable embarcarse en un viaje tan peligroso con gente que ni siquiera sabe contar bien! He pasado momentos horribles; hora tras hora subiendo y bajando con inmensas olas, a menudo empapado hasta los huesos, y ni siquiera han hecho un intento de prepararnos una verdadera comida. No hace falta decir que no tenemos radio, ni siquiera un cohete, así que no hay ninguna posibilidad de hacer señales para que vengan a ayudarnos. Todo esto prueba lo que les he dicho todo el tiempo. Que es una locura echarse a navegar en un botecito apolillado como éste. Sería bastante malo aun estando con gente decente, en vez de demonios con forma humana. Caspian y Edmundo son muy crueles conmigo. La noche que perdimos nuestro mástil (ahora sólo queda un pedazo de palo) me obligaron a salir a cubierta y a trabajar como un esclavo, a pesar de que no me sentía nada de bien. Lucía metió su cuchara diciendo que Rípichip estaba ansioso por ayudar, pero que era demasiado pequeño. Me pregunto si no se dará cuenta de que todo lo que hace esa pequeña bestia es por lucirse. Incluso a su edad ella podría tener un poco de sentido común. Hoy día, por fin este maldito bote está tranquilo y ha salido el sol, y todos hemos estado horas y horas discutiendo sobre lo que haremos. Tenemos suficiente comida para dieciséis días, aunque puras porquerías. (El agua barrió por la borda todas las aves de corral. Aunque no lo hubiese hecho, la tormenta les habría impedido poner huevos). El verdadero problema es el agua. Parece que dos de los barriles tienen agujeros y perdieron toda el agua (nuevamente la eficiencia narniana). Con pequeñas raciones de medio litro al día, tendremos lo necesario para doce días (aún queda un montón de ron y de vino, pero incluso ellos se dan cuenta de que eso los haría tener más sed).

"Si pudiésemos, por supuesto, lo sensato sería dar la vuelta hacia el oeste y regresar a las Islas Desiertas. Pero nos ha tomado dieciocho días llegar hasta donde estamos, corriendo como locos con un vendaval a nuestras espaldas. Aunque agarráramos viento este, nos demoraríamos mucho más en volver. Por el momento no hay ninguna señal de viento este (de hecho, no hay viento de ningún tipo). Tampoco se puede pensar en remar, porque tomaría mucho más tiempo y, además, Caspian dice que los hombres no pueden remar con apenas medio litro de agua al día. Yo estoy convencido de que está equivocado. Le traté de explicar que el sudor calma a las personas, y que los hombres necesitarían menos agua si estuvieran trabajando, pero no se dio por aludido como lo hace siempre que no se le ocurre alguna respuesta. Todos los demás votaron por continuar, con la esperanza de encontrar tierra. Me sentí en el deber de advertirles que ninguno de nosotros sabía si había tierra más adelante, y traté de hacerles ver los peligros de las ilusiones exageradas. En vez de idear un plan mejor, tuvieron la desfachatez de preguntarme qué proponía yo. Así es que me limité a explicarles fría y tranquilamente que yo había sido raptado y llevado a este estúpido viaje sin mi consentimiento, y que no era asunto mío sacarlos a ellos de su aprieto''.

"4 de septiembre

"Todavía todo en calma. Muy pocas raciones para la comida y a mí es al que menos le dan. Caspian es muy hábil para servirse y piensa que no me doy cuenta. Por alguna razón Lucía me quiso compensar esto ofreciéndome parte de su ración, pero ese pedante metete de Edmundo no la dejó. Sol bastante caluroso. Terriblemente sediento toda la tarde".

"5 de septiembre

"Aún en calma y con mucho calor. Me he sentido fatal todo el día y estoy seguro de que tengo fiebre. Claro que no tienen un termómetro a bordo".

"6 de septiembre

"Un día horrible. Desperté en la noche, sabiendo que estaba afiebrado y que necesitaba un trago de agua. Cualquier doctor lo habría dicho. Dios sabe que yo sería la última persona en tratar de sacar una ventaja desleal, pero jamás imaginé que este racionamiento de agua se aplicaría a un enfermo. En realidad, yo podría haber despertado a los otros y haberles pedido un poco, pero pensé que sería un egoísmo despertarlos. Así es que me levanté, tomé mi taza y salí en puntillas del Agujero Negro donde dormimos, teniendo mucho cuidado de no molestar a Caspian ni a Edmundo, puesto que habían estado durmiendo mal desde que comenzaron el calor y la escasez de agua. Siempre trato de ser considerado con los demás, me sean o no simpáticos. Salí muy bien y entré en la pieza grande, si es que se le puede llamar pieza, donde están las bancas de los remeros y el equipaje. El asunto del agua está allí. Todo iba maravillo­samente bien, pero antes de que pudiera sacar una taza llena de agua, me tuvo que atrapar Rip, ese pequeño espía. Traté de explicarle que me iba a cubierta para tomar un poco de aire (él no tenía nada que ver con el problema del agua), pero me preguntó por qué andaba con una taza. Metió tanta bulla que despertó a todo el barco. Me trataron en forma escandalosa. Pregunté, como creo que cualquiera hubiera hecho, por qué Rípichip andaba con tanto sigilo entre los barriles de agua a medianoche. Dijo que como era muy pequeño para ayudar en cubierta, todas las noches vigilaba el agua para que otro hombre pudiera ir a dormir. Y ahora la asquerosa injusticia: ¡Todos le creyeron! ¿No es el colmo?

"Tuve que disculparme, porque si no esa peligrosa bestia me habría perseguido con su espada. Y luego Caspian se mostró tal cual es, un tirano cruel, y dijo en voz alta para que todos oyeran que si descubría a alguien robando agua en el futuro, le daría dos docenas. No entendía lo que quiso decir hasta que Edmundo me lo explicó. Aparece en la clase de libros que leen esos niños Pevensie.

"Después de esta cobarde amenaza, Caspian cambió el tono y comenzó a hablar con aire protector. Dijo que lo sentía por mí, pero que todo el mundo estaba tan afiebrado como yo, y que debíamos tratar de sacar el mejor partido de esto, etc. Odioso mojigato presumido. Me quedé todo el día en cama".

"7 de septiembre

"Un poquito de viento hoy día, pero siempre del oeste. Hicimos unas pocas millas hacia el este, con parte de la vela puesta en lo que Drinian llama bandola. Esto quiere decir el bauprés en posición vertical y atado (ellos lo llaman amarrado) al pedazo que quedaba del verdadero mástil. Todavía con una sed tremenda".

"8 de septiembre

"Seguimos navegando rumbo al este. Paso en mi litera todo el día y no veo a nadie, salvo a Lucía, hasta que los dos demonios vienen a acostarse. Lucía me da un poco de su ración de agua. Dice que a las niñas no les da tanta sed como a los muchachos. Yo siempre he pensado lo mismo, pero esto debería saberse más en el mar".

"9 de septiembre

"Tierra a la vista. Una montaña muy alta allá lejos, al sureste".

"10 de septiembre

"La montaña se ve más alta y más claramente, pero siempre bastante lejos. Gaviotas otra vez, hoy por primera vez desde hace no sé cuánto tiempo".

"11 de septiembre

"Pescaron algunos peces y los sirvieron a la comida. Alrededor de las 7 p.m. dejaron caer el ancla a tres brazas de agua en una bahía de esta isla montañosa. El imbécil de Caspian no nos dejó bajar a tierra, porque estaba oscurecien­do, y temía que hubiese nativos y animales salvajes. Ración extra de agua esta noche".

Lo que les esperaba en esta isla iba a afectar a Eustaquio más que a ningún otro, pero no puedo contárse­los con sus propias palabras, porque a partir del 11 de septiembre olvidó escribir su diario por un buen tiempo.

Al llegar la mañana, con un cielo bajo y gris, pero con mucho calor, los aventureros se encontraron en una bahía rodeada por tales acantilados y despeñaderos, que parecía un fiordo noruego. Frente a ellos, en la punta de la bahía, había un espacio de tierra cubierta totalmente con árboles que parecían cedros, a través de los cuales corría un rápido riachuelo. Más allá había una cuesta muy escarpada, que terminaba en una dentada cordillera y, más atrás, una vaga oscuridad de montañas que se elevaban en medio de descoloridas nubes que hacían imposible divisar sus cum­bres. Los acantilados más cercanos, a cada lado de la bahía, estaban veteados aquí y allá por líneas blancas, y todo el mundo se dio cuenta de que eran cascadas, aunque a esa distancia no parecían tener movimiento ni hacían ruido alguno. En verdad, todo el lugar estaba muy silencioso y el agua de la bahía se veía tan lisa como un cristal, y reflejaba hasta el más mínimo detalle de los acantilados. Tal escena habría sido hermosa en un cuadro, pero en la vida real era un tanto agobiadora. No era un país acogedor para los visitantes.

La tripulación bajó a tierra en dos barcadas; todos bebieron y se lavaron alegremente en el río, comieron y descansaron un poco. Luego Caspian envió a cuatro hom­bres de regreso para que cuidaran el barco y comenzó el trabajo del día. Había que hacerlo todo: bajar los barriles a tierra, arreglar los que estaban en mal estado, si era posible, y llenarlos todos; debían buscar un árbol, de preferencia un pino si conseguían uno, para cortarlo y fabricar un nuevo mástil; reparar las velas; organizar una cacería para matar cualquier presa que ofreciera aquella tierra; había que lavar y remendar la ropa, y reparar un sinnúmero de destrozos producidos a bordo. Porque en el propio Explorador del Amanecer -más evidente ahora que lo veían a la distancia- apenas se podía reconocer ese barco elegante que zarpó de Cielo Angosto. Parecía un armatoste estropeado y descolori­do, que cualquiera habría podido tomar por un barco naufragado. Y sus oficiales y tripulantes no estaban mucho mejor: flacos, pálidos, con los ojos rojos por la falta de sueño y vestidos con harapos.

Cuando Eustaquio, tendido bajo un árbol, escuchó discutir todos estos planes, se le fue el alma a los pies. ¿Es que no habría descanso? Parecía que el primer día en esa anhelada tierra sería de trabajo tan pesado como un día en el mar. Pero entonces se le ocurrió una estupenda idea. Nadie lo miraba, todos hablaban hasta por los codos sobre su barco, como si realmente les gustara esa porquería. ¿Por qué no desaparecer simplemente?

Podría dar un paseo hacia el interior de la isla, encontrar un lugar fresco con buen aire arriba en las montañas, dormir una larga siesta, y no reunirse con los demás hasta que la jornada de trabajo hubiese terminado. Pensó que esto le haría muy bien. Pero tendría buen cuidado de no perder de vista la bahía y el barco para estar seguro del camino de vuelta. No le gustaría que lo dejaran olvidado en ese lugar.

Puso su plan en acción de inmediato. Silenciosamente se levantó del suelo y se alejó caminando entre los árboles. Se preocupó de ir lentamente, como sin rumbo, de modo que si alguien lo veía, podía pensar que sólo estaba estirando las piernas. Se sorprendió al ver lo rápido que disminuía el murmullo de la conversación tras él, lo silencioso y tibio que se volvía el bosque y del tono verde oscuro que tomaba. Pronto se dio cuenta de que podía aventurarse a paso más rápido y decidido.

Este tranco pronto lo llevó fuera del bosque. El terreno comenzó a subir empinadamente frente a él. El pasto estaba seco y resbaloso, pero podría arreglárselas si usaba las manos además de los pies, y aunque jadeaba y tenía que secarse a cada rato la frente, siguió sin parar. Esto demostró, dicho sea de paso, que aunque él no lo sospechase su nueva vida ya le había hecho bien; el Eustaquio de antes, el Eustaquio de Haroldo y Alberta, habría renunciado a escalar al cabo de unos diez minutos.

Lentamente y parándose de vez en cuando a descansar, llegó a la cumbre. Esperaba desde ahí tener vista hacia el centro de la isla, pero las nubes habían bajado aún más, acercándose mucho, y un mar de niebla se arrastraba en dirección a él. Se sentó y miró hacia atrás. Estaba tan alto que la bahía se veía muy pequeña a sus pies, y alcanzaba a ver muchas millas de mar. En eso la niebla que venía de las montañas se cerró a su alrededor, espesa pero no fría; Eustaquio se tendió y se dio vuelta para todos lados buscando la posición más cómoda para pasarlo bien. Pero no lo pasó bien, al menos no por mucho rato. Comenzó, casi por primera vez en su vida, a sentirse solo. Esta sensación, al principio, creció en forma muy gradual. Luego empezó a preocuparse del tiempo. No se oía ni el más leve sonido. De pronto se le ocurrió que tal vez había estado tendido allí durante horas. ¡Quizás los demás se habían ido! ¡A lo mejor lo habían dejado irse a vagar a propósito, con el fin de dejarlo abandonado! Pegó un salto, muerto de miedo, y empezó el descenso.

Al principio trató de hacerlo a toda carrera, pero resbaló en el pasto que estaba muy alto y rodó varios metros. Luego, pensando que esta caída lo había desviado mucho hacia la izquierda y que a la subida había visto precipicios en esa dirección, trepó gateando otra vez, lo más cerca posible -según recordaba- del lugar desde donde había partido y comenzó a bajar de nuevo, torciendo a la derecha. Después las cosas parecieron ir mejor. Iba muy cauteloso, pues no podía ver más allá de un metro y todo a su alrededor continuaba en absoluto silencio. Es muy desagradable tener que caminar con cautela cuando hay una voz dentro de ti diciendo todo el tiempo: "Rápido, rápido, rápido". Cada instante que pasaba se hacía más fuerte su sensación de haber sido abandonado. Si Eustaquio hubiera entendido a Caspian y a sus primos Pevensie, habría sabido, por supuesto, que no existía ni la más remota posibilidad de que hiciesen una cosa semejante. Pero estaba convencido de que ellos eran unos demonios con forma humana.

-¡Al fin -exclamó Eustaquio, mientras se resbalaba por una cuesta llena de piedras sueltas (ellos las llamaban guijarros) hasta que llegó al plano-. Y ahora, ¿dónde están esos árboles? Hay algo oscuro allá adelante. Vaya, creo que la niebla se está disipando.

Y así era. La luz aumentaba cada vez más y lo hacía parpadear. La niebla se levantó, y Eustaquio se encontró en un valle absolutamente desconocido para él. No se veía el mar por ninguna parte.

Este capítulo me ha parecido atrayente, me ha encantado el hecho de que Eustaquio escribiese un diario. Hace al personaje más interesante.
El hecho de que se sintiese  solo me parece q lo enriquece.

 Nos vemos en el próximo capítulo.


CAPÍTULO 6: LAS AVENTURAS DE EUSTAQUIO

En ese preciso momento los demás se estaban lavando la cara y las manos en el río y se preparaban para comer y, luego, descansar. Los tres mejores arqueros habían subido a los cerros al norte de la bahía, y habían vuelto cargados con un par de cabras salvajes, que ahora se asaban en el fuego. Caspian hizo traer a tierra un barril de vino, un vino fuerte de Arquenlandia, que tuvo que ser mezclado con agua para que hubiera bastante para todos. Hasta el momento el trabajo anduvo bien, así es que la comida fue muy alegre. Sólo después de una segunda porción de carne de cabra, Edmundo preguntó:

 -¿Dónde está ese sinvergüenza de Eustaquio?

Entretanto Eustaquio miraba con los ojos muy abier­tos aquel valle desconocido. Era tan angosto y profundo, y los precipicios que lo rodeaban tan escarpados, que parecía un gran pozo o una zanja. El suelo estaba cubierto de hierba, aunque lleno de rocas y, por todas partes, se veían manchas negras calcinadas, semejantes a las que ves a los lados de la línea del tren en un verano seco. A unos quince metros del lugar donde se encontraba Eustaquio, había una poza de agua clara y tranquila. En un principio no había nada más en el valle; ni animales, ni pájaros, ni insectos. El sol caía a plomo y los lúgubres picachos de las montañas se asomaban al borde del valle.

Por supuesto, Eustaquio se dio cuenta de que en la niebla había bajado por el lado contrario del cerro, así que se dio vuelta de inmediato para ver el modo de volver atrás. Pero en cuanto miró, sintió un escalofrío. Aparentemente, con una suerte asombrosa, había encontrado el único camino posible para bajar: una franja de tierra larga y verde, terriblemente empinada y angosta, con precipicios a ambos lados. No había forma de regresar. Pero ahora que había visto de qué se trataba, ¿sería capaz de hacerlo? A la sola idea, la cabeza le daba vueltas.

Eustaquio se volvió nuevamente, pensando que, en todo caso, sería mejor que primero tomara bastante agua de la poza. Pero apenas giró y antes de que diera un paso en dirección al valle, oyó un ruido tras él. Era sólo un ruido insignificante, pero resonó muy fuerte en medio de aquel inmenso silencio y lo dejó paralizado de miedo por unos segundos; luego giró la cabeza y miró.

Al fondo del acantilado, un poco a la izquierda de Eustaquio, había un agujero bajo y oscuro, tal vez la entrada a una cueva, del cual salían dos delgadas columnas de humo. Las piedras sueltas justo bajo el agujero se movían (este fue el ruido que él escuchó) como si detrás de ellas algo se arrastrase en la oscuridad.

Algo se arrastraba. Peor aún, algo salía del agujero. Edmundo o Lucía o ustedes lo habrían reconocido de inmediato, pero Eustaquio no había leído ninguno de los libros que hay que leer. Lo que salió de la cueva era algo que jamás se había imaginado siquiera: un largo hocico color plomo, ojos inexpresivos de color rojo, un gran cuerpo ágil sin plumas ni pelo, que se arrastraba por el suelo; patas cuyos codos subían por encima de la espalda como las patas de una araña; crueles garras, alas de murciélago que hacían un sonido chirriante sobre las piedras, y metros de cola. Y las dos hileras de humo salían de sus narices. Eustaquio jamás había pronunciado la palabra dragón. Y si lo hubiera hecho, tampoco eso hubiese mejorado las cosas.

Pero si hubiera sabido algo sobre los dragones, tal vez se habría sorprendido un poco ante la conducta de este dragón. No se enderezó ni batió sus alas, tampoco lanzó un chorro de fuego por la boca. El humo que salía por sus narices era semejante al humo que sale de un fuego que está a punto de apagarse. Tampoco parecía haber visto a Eustaquio. Se movía muy lentamente hacia la poza, lentamente y haciendo muchas pausas. A pesar de su miedo, Eustaquio se dio cuenta de que aquella era una criatura vieja y triste. Se preguntó si se atrevería a correr hacia la cuesta, pero seguramente el dragón volvería la cabeza si oyese algún ruido. Esto podría despabilarlo un poco más. Tal vez estaba sólo fingiendo. De todas maneras, ¿de qué serviría tratar de escapar trepando un cerro, de una criatura que puede volar?

El dragón llegó a la poza y deslizó sobre los cascajos su horrible y escamoso mentón para tomar agua, pero antes de que hubiese tomado nada, emitió un gruñido o graznido fuerte y metálico y, después de algunas contracciones y convulsiones, rodó cayendo de costado y quedó absoluta­mente inmóvil con una garra en el aire. Un poco de sangre oscura brotó de su hocico abierto. El humo que salía de sus narices se puso negro por un momento y luego se fue esfumando. No salió nada más.

Pasó un largo rato antes de que Eustaquio se atreviera a moverse. Tal vez este fuera un truco de la bestia, un modo de atraer a los viajeros a su muerte. Pero nadie puede esperar para siempre. Dio un paso acercándose, luego dos, y se detuvo nuevamente. El dragón seguía inmóvil; también se dio cuenta de que el fuego rojo había desaparecido de sus ojos. Finalmente, llegó a su lado. Ahora se sentía muy seguro de que el dragón estaba muerto. Con gran escalofrío, lo tocó; no pasó nada.

Eustaquio sintió un alivio tan grande, que casi soltó una carcajada. Empezó a sentirse como si hubiese luchado con el dragón y le hubiese dado muerte, en vez de, simplemente, haberlo visto morir. Pasó por encima del animal y se acercó a la poza para tomar agua, pues el calor se hacía insoportable. No se sorprendió al oír el estruendo de un trueno. Casi de inmediato desapareció el sol y, antes de que terminara de tomar agua, comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia.

El clima de esta isla era muy desagradable. En menos de un minuto Eustaquio quedó mojado hasta los huesos, y medio cegado con una lluvia que jamás se ve en Europa. No valía la pena tratar de salir del valle mientras no parara de llover. Corrió a toda carrera al único refugio cercano: la cueva del dragón. Allí se tendió en el suelo y trató de recuperar el aliento.

La mayoría de nosotros sabe qué podemos encontrar en la guarida de un dragón, pero, como ya dije antes, Eustaquio había leído sólo los libros inadecuados en los que se hablaba mucho de exportaciones e importaciones, gobier­nos y pérdidas financieras, pero eran muy deficientes en materia de dragones. Es por eso que estaba muy desconcer­tado con respecto a la superficie en la que descansaba. Había algunas cosas que eran demasiado espinosas para ser piedras y demasiado duras para ser espinas, y parecía haber una gran cantidad de cosas redondas y planas que tintineaban cuando él se movía. Por la boca de la cueva entraba luz suficiente para examinar lo que allí había. Eustaquio encon­tró lo que cualquiera de nosotros le podría haber dicho de antemano: un tesoro. Había coronas (esas eran las cosas espinudas), monedas, anillos, pulseras, lingotes, copas, pla­tos y piedras preciosas.

Eustaquio, al revés de la mayoría de los niños, nunca había pensado mucho en tesoros, pero vio de inmediato lo útil que serían en este nuevo mundo al que había llegado sin querer en forma tan tonta, a través de un cuadro del dormitorio de Lucía.

"Aquí no existen los impuestos", se dijo, "y no tienes que darle el tesoro al gobierno. Con unas pocas cosas de éstas podría pasarlo bastante bien aquí, tal vez en Calormania. Esto parece ser lo menos falso de estas tierras. ¿Cuánto seré capaz de llevar? Veamos... esta pulsera (probablemente estas cosas que tiene sean brillantes), me la pondré disimuladamente en la muñeca. Es demasiado grande, pero no si me la corro para acá, arriba del codo. Ahora me lleno los bolsillos con diamantes (es más fácil que el oro). ¿Cuándo irá a aflojar esta maldita lluvia?"

Eustaquio se puso en un lugar menos incómodo en el montón de joyas, donde había casi puras monedas, y se instaló a esperar. Pero un buen susto, cuando ya ha pasado, especialmente un buen susto después de una caminata por las montañas, te deja agotado. Eustaquio se quedó dormido.

Mientras él dormía profundamente y roncaba, los otros habían terminado de comer y estaban sumamente alarmados por él.

-¡Eustaquio, Eustaquio! ¡Oye! -gritaron hasta que­dar roncos. Caspian hizo sonar su cuerno.

-No está por aquí cerca, o ya nos habría oído -dijo Lucía muy pálida.

-¡Maldito sea! -exclamó Edmundo-. ¿Por qué diablos querría escabullirse de esta manera?

-Pero tenemos que hacer algo -dijo Lucía-. Puede haberse perdido, o caído a un hoyo, o quizás fue capturado por los salvajes.

-O lo mató algún animal salvaje -dijo Drinian.

-Y un buen alivio si así fuese, ya lo creo -murmuró Rins.

-Capitán Rins -dijo Rípichip-, jamás dijiste algo que te siente menos. La criatura no es amiga mía, pero tiene la misma sangre de la reina y, mientras sea uno de los nuestros, es asunto de honor encontrarlo, y vengarlo si es que está muerto.

-Por supuesto que tenemos que encontrarlo, si po­demos -dijo Caspian, en tono cansado-. Esa es la lata del asunto. Significa una cuadrilla de búsqueda y problemas sin fin. ¡Que molestia este Eustaquio!

Entretanto, Eustaquio dormía y dormía. Lo despertó un dolor en un brazo. La luna brillaba a la entrada de la boca de la cueva y la cama de joyas parecía haberse vuelto mucho más cómoda. De hecho, Eustaquio apenas la notaba. En un principio se sintió intrigado por el dolor de su brazo, pero pronto pensó que era la pulsera que él había subido hasta el codo, que ahora le apretaba en una forma extraña. Seguramente se le había hinchado el brazo mientras dormía (era su brazo izquierdo).

Movió su brazo derecho para tocarse el izquierdo, pero se detuvo antes de moverlo unos milímetros, y se mordió los labios aterrado. Porque justo frente a él, un poco a la derecha, donde el reflejo de la luna iluminaba claramente el suelo de la cueva, vio una silueta monstruosa que se movía. Reconoció esa forma: era la garra de un dragón. Se había movido cuando él movió la mano, y se quedó quieta, cuando dejó de moverla.

"¡Qué tonto he sido!", pensó Eustaquio, "por supuesto que la bestia tenía su pareja, que ahora está echada a mi lado".

Por un buen rato no se atrevió a mover ni un músculo. Ante sus ojos subían dos delgadas columnas de humo, negras al reflejo de la luna, como el humo que salía de las narices del otro dragón antes de morir. Todo era tan alarmante que Eustaquio contuvo la respiración. Las colum­nas de humo desaparecieron. Cuando no pudo contenerla más, la fue soltando con gran cautela; y de inmediato reaparecie­ron los dos chorros de humo. Pero aun entonces, Eustaquio no sospechaba la verdad.

Luego decidió que avanzaría con mucho cuidado hacia su izquierda y trataría de salir silenciosamente de la cueva. A lo mejor la criatura estaba dormida y de todos modos esa era su única oportunidad. Claro que antes de moverse hacia la izquierda miró hacia ese lado y, ¡qué horror!, allí también había una garra de dragón.

Nadie reprocharía a Eustaquio que en ese momento rompiera en lágrimas. Se sorprendió del tamaño de sus propias lágrimas al verlas salpicar el tesoro frente a él. Además eran extrañamente calientes y despedían vapor.

Pero no se sacaba nada con llorar. Debía arrastrarse y salir de entremedio de los dos dragones. Comenzó por estirar su brazo derecho. La pata y garra delantera del dragón hicieron exactamente el mismo movimiento a su derecha. Entonces pensó que debería ensayar por el otro lado. La pata izquierda del dragón también se movió.

¡Dos dragones, uno a cada lado, imitando todo lo que él hacía! Sus nervios no resistieron más y simplemente se escapó.

Hubo tal estrépito, chirridos, tintineo de oro y rechinar de piedras cuando corrió fuera de la cueva, que Eustaquio pensó que los dos dragones lo perseguían. No tuvo valor para mirar hacia atrás. Se abalanzó hacia la poza. La retorcida figura del dragón muerto, que yacía bajo la luz de la luna, habría bastado para aterrorizar a cualquiera, pero en ese instante Eustaquio ni lo advirtió. Su idea era lanzarse al agua. Pero al llegar a la orilla de la poza ocurrieron dos cosas. Primero que nada, de súbito se dio cuenta de que había estado corriendo en cuatro patas. ¿Por qué diablos lo había hecho? En segundo lugar, al inclinarse sobre el agua, por un segundo pensó que otro dragón lo estaba mirando fuera de la poza. Pero en el acto comprendió la realidad. La cara de dragón que se reflejaba en el agua era su propia imagen. No había ninguna duda. Se movía cuando él se movía; abría y cerraba la boca, cuando él abría y cerraba la suya.

Eustaquio se había transformado en un dragón mien­tras dormía. Por dormir sobre el tesoro de un dragón y por tener pensamientos codiciosos como los de un dragón en el corazón, se había vuelto él mismo un dragón.

Esto lo explicaba todo. No hubo dos dragones a su lado en la cueva. Las garras que veía a su derecha e izquierda eran sus propias garras derecha e izquierda. Las dos columnas de humo salían de sus propias narices. En cuanto al dolor que sentía en su brazo izquierdo (o lo que fue su brazo izquierdo), ahora comprendía lo que había sucedido, al mirar de reojo con su ojo izquierdo. La pulsera que se había ajustado perfectamente a la parte superior del brazo de un niño, era lejos demasiado pequeña para la pata ancha y rechoncha de un dragón. Se había clavado profundamente en su carne escamosa, dejando a cada lado una punzante hinchazón. Eustaquio se hirió con sus dientes de dragón, pero no pudo sacarla.

A pesar del dolor, su primer sentimiento fue de alivio. Ya no había nada que temer. Ahora él mismo era un terror y nada en el mundo, salvo un caballero (y no cualquiera), se atrevería a atacarlo. Ahora podría vérselas hasta con Caspian y Edmundo...

Pero, al momento de pensarlo, se dio cuenta de que eso no le interesaba. Ahora quería ser su amigo. Quería volver donde estaban los humanos y conversar, y reír, y compartir cosas con ellos. Se daba cuenta de que era un monstruo separado de toda la raza humana. Lo invadió una espantosa soledad. Empezó a comprender que los otros no eran en absoluto unos demonios. Se preguntó si realmente él era la persona agradable que creía ser. Anheló oír sus voces, y habría estado profundamente agradecido de recibir una palabra cariñosa, aunque fuera de Rípichip. Al pensar en esto, el pobre dragón, que había sido Eustaquio, alzó la voz y lloró. Debe ser algo difícil de imaginar ver y escuchar a un poderoso dragón que llora a lágrima viva a la luz de la luna en un valle desierto.

Finalmente, Eustaquio decidió que trataría de encon­trar el camino para volver a la playa. Ahora comprendía que Caspian jamás habría zarpado dejándolo atrás. Y estaba seguro de que, de algún modo, podría hacer que la gente comprendiera quién era él.

Tomó un largo trago de agua y luego (sé que esto suena horroroso, pero no lo es si lo piensan bien) se comió casi todo el dragón muerto. Ya se había comido la mitad cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo; pues, ya ven, a pesar de que su mente era la de Eustaquio, sus gustos y su digestión eran los de un dragón, y no hay nada que le guste más a un dragón que el dragón fresco. Por eso es que muy rara vez encuentras más de un dragón en un mismo país.

Luego empezó a trepar para salir del valle. Comenzó la escalada con un salto y, apenas hubo saltado, se dio cuenta de que estaba volando. Ya se había olvidado de que tenía alas, así es que se llevó una gran sorpresa, la primera sorpresa agradable que había tenido después de mucho tiempo. Luego se elevó muy alto en el aire y, a la luz de la luna, vio las cumbres de innumerables montañas que se extendían allá abajo. Podía ver la bahía, semejante a una losa de plata, y el Explorador del Amanecer, anclado allí, y las fogatas del campamento que centelleaban en los bosques junto a la playa. Desde gran altura se lanzó hacia ellos en un simple planeo.

Lucía dormía profundamente, pues se quedó en pie hasta el regreso de la cuadrilla de búsqueda, esperando oír buenas noticias sobre Eustaquio. El grupo, que era dirigido por Caspian, volvió tarde y muy cansado. Sus noticias eran inquietantes. No habían encontrado ningún rastro de Eustaquio, pero habían visto un dragón muerto en un valle. Trataron de ver el lado positivo del asunto y unos a otros se aseguraban que lo más probable era que no hubiera más dragones por los alrededores, y que aquel que había muerto cerca de las tres esa tarde (a esa hora lo encontraron), difícilmente podría haber estado matando gente unas pocas horas antes.

-A menos que se haya comido a ese chiquillo malcriado y haya muerto de indigestión: ese mocoso envenenaría cualquier cosa -dijo Rins, pero tan despacio que nadie lo oyó.

Ya tarde en la noche, Lucía se despertó, muy suavemente, y vio a todos reunidos, muy juntos y hablando en susurros.

  • - ¿Qué es esto? -preguntó.

-Debemos tener mucha fortaleza -decía Caspian-. Un dragón acaba de sobrevolar las copas de los árboles y ha aterrizado en la playa. Sí, me temo que está entre nosotros y el barco. Las flechas no sirven de nada contra los dragones, y ellos no le temen en lo más mínimo al fuego.

-Con el permiso de su Majestad... -comenzó Rípichip.

-No, Rípichip -dijo firmemente el Rey-. No vas a intentar un combate singular con él. Y a menos que me prometas que me vas a obedecer en este asunto, te haré amarrar. Sólo debemos estar muy vigilantes y, apenas amanezca, bajar a la playa y librar la batalla. Yo los guiaré. El rey Edmundo estará a mi derecha y lord Drinian a mi iz­quierda. No hay otras medidas que tomar. En un par de ho­ras será de día. Que se sirva la comida en una hora más y también lo que queda de vino; y que todo se haga en si­lencio.

-Tal vez se vaya -dijo Lucía.

-Será peor si lo hace -dijo Edmundo-, porque entonces no sabremos dónde está. Si hay una avispa en la pieza, me gustaría poder verla.

El resto de la noche fue horrible y cuando la comida estuvo servida, a pesar de saber que debían comer, muchos sintieron que no tenían hambre. Pareció que pasaban horas interminables antes de que se disipara la oscuridad y los pájaros empezaran a trinar por aquí y por allá, y la tierra se puso más fría y húmeda de lo que había estado en la noche. Entonces Caspian gritó:

  • - ¡Ahora, amigos!

Se levantaron, todos con sus espadas desenvainadas, y se formaron en un sólido grupo, con Lucía al centro y Rípichip en su hombro. Esto era mejor que la espera, y cada uno de ellos sentía más cariño hacia los demás que en tiempos normales. Un instante después, todos marchaban. A medida que se acercaban al extremo del bosque, aumentaba la claridad. Y allí, tendido en la arena, como una lagartija gigante, o un flexible cocodrilo o una serpiente con patas, inmenso, horrible y jorobado, estaba el dragón. Pero al verlos, en vez de levantarse echando fuego y humo, retrocedió; casi se puede decir se fue tambaleando hasta los bajos de la bahía.

 -¿Por qué menea así la cabeza? -preguntó Edmundo.

-Y ahora está saludando con la cabeza -dijo Caspian.

-Y algo sale de sus ojos -añadió Drinian.

-Pero ¿no se dan cuenta? -dijo Lucía-. Está llorando. Esas son lágrimas.

-Yo no confiaría mucho, señora -advirtió Drinian-. Es lo que hacen los cocodrilos para pillarnos desprevenidos.

-Movió la cabeza cuando dijiste eso -apuntó Edmun­do-, como si quisiera decir "no". Miren, otra vez.

 -¿Crees que entiende lo que estamos diciendo? -preguntó Lucía.

El dragón movió su cabeza con vehemencia. Rípichip se dejó caer del hombro de Lucía y dio unos pasos hacia adelante.

-Dragón -dijo con su voz chillona-. ¿Puedes enten­der nuestras palabras?

El dragón asintió con su cabeza.

 -¿Puedes hablar? Sacudió la cabeza.

-Entonces -dijo Rípichip-, sería inútil preguntarte qué te pasa. Pero si estás dispuesto a jurarnos tu amistad, levanta tu pata delantera izquierda sobre tu cabeza.

Así lo hizo el dragón, pero en forma torpe, porque esa era la pata adolorida e hinchada por la pulsera de oro.

-¡Oh, miren! -exclamó Lucía-. Algo le pasa en esa pata. Pobre animal, a lo mejor por eso lloraba. Quizás vino a nosotros para que lo curásemos, como en Androcles y el León.

-Ten cuidado, Lucía -dijo Caspian-. Es un dragón muy inteligente, pero puede que sea un mentiroso.

Pero ya Lucía iba corriendo hacia adelante, seguida por Rípichip, que corría tan rápido como se lo permitían sus cortas patas, y detrás, por supuesto, fueron los niños y Drinian.

-Muéstrame tu pobre pata -dijo Lucía-. Tal vez yo pueda curarla.

El dragón que-había-sido-Eustaquio le tendió muy contento su pata adolorida, recordando que el cordial de Lucía lo había sanado del mareo antes de que se convirtiera en un dragón. Pero tuvo una desilusión. El líquido mágico redujo la hinchazón y calmó un poco el dolor, pero no pudo disolver el oro.

Estaban todos apiñados a su alrededor para observar la operación. De pronto, Caspian exclamó:

-¡Miren!

Tenía los ojos clavados en la pulsera.

Para resumir este capítulo en pocas palabras, digamos que le han dado más protagonismo a Eustaquio convirtiéndolo en dragón producto de su propia codicia... es lo que les pasa a los hombres cuando no miden las consecuencias ¬¬... me gustó esa metáfora de Lewis. Como siempre Lucía en su nobleza de corazón siente compasión por él... lo que no me gusta hasta ahora del libro es que la que se suponía iba a ser la gran protagonista, es decir, Lucía, no ha tenido mucha participación hasta el momento. Ni Edmundo tampoco. Solo Caspian y Eustaquio, incluso Rípichip ha tenido su momento de Gloria.

Veremos que sucede en el próximo capítulo... Hasta este entonces.

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Comentarios CAPITULO 5 y 6:LO QUE LA TORMENTA TRAJO CONSIGO ; LAS AVENTURAS DE EUSTAQUIO

Disculpen fanáticos!!!
No me habia dado cuenta del error q había cometido!!
Me habia salteado ests capítulos, SORRY!!!!!!!!!!
MEGUMI

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